Guía para padres

Cómo ser un buen padre o una buena madre: claves prácticas

7 min de lectura · Actualizada el 10 de octubre de 2026 · Por el equipo de The RBT Corner

Ser un buen padre o una buena madre no significa no equivocarse nunca. Significa conectar con tu hijo, dejarle claro qué esperas de él, responder de forma parecida cada día y reparar cuando las cosas salen mal. La buena noticia es que nada de esto es un don: son habilidades que se aprenden y se practican. Aquí tienes ocho claves concretas, con ejemplos de la vida diaria, que puedes empezar a usar hoy mismo.

Primero, quítate la presión: no existe el padre perfecto

Casi todas las madres y los padres tienen días en los que gritan, se sienten culpables o no saben qué hacer con un hijo que no escucha. Es normal, y que te preocupe hacerlo bien ya dice mucho de ti.

Lo que más pesa en la crianza no es un mal día, sino lo que se repite: cómo reaccionas la mayoría de las veces, cuánta atención le das a lo bueno y si tu hijo sabe qué esperar de ti. Por eso conviene pensar menos en «ser perfecto» y más en construir hábitos.

Muchas de las ideas de esta guía forman parte de lo que se conoce como crianza positiva: conectar con tu hijo, enseñarle y ponerle límites sin golpes ni humillaciones.

Clave 1: dale atención cuando se porta bien

Para un niño, tu atención es uno de los premios más poderosos que existen. El problema es que solemos dársela sobre todo cuando algo sale mal: cuando grita, cuando le pega al hermano o cuando no quiere hacer la tarea. Sin quererlo, eso le enseña que portarse mal es una forma rápida de conseguir que lo mires.

Prueba a darle la vuelta. Busca cada día unos minutos de juego en los que tu hijo elige la actividad, tú sigues su juego y dejas el teléfono lejos. No corrijas ni hagas preguntas de examen: solo acompaña y comenta lo que hace. Ese rato de conexión hace que, cuando tengas que corregir, te escuche mejor.

Clave 2: elogia de forma específica

Según los CDC, cuando elogias los comportamientos que te gustan, tu hijo tiende a repetirlos más. Y los elogios específicos funcionan mejor que un «¡muy bien!» genérico, porque le dicen exactamente qué hizo bien.

  • En vez de «¡qué bueno!», prueba con: «Gracias por llevar tu plato a la cocina sin que te lo pidiera».
  • En vez de «muy bien», prueba con: «Esperaste tu turno para hablar. Eso me ayuda mucho».
  • Con un adolescente: «Vi que avisaste que llegabas tarde. Gracias, así no me preocupo».
  • Elogia también el esfuerzo, no solo el resultado: «Te costó, pero seguiste con la tarea diez minutos más».

Clave 3: explica qué esperas antes de que pase

Muchos conflictos se evitan si el niño sabe de antemano qué va a ocurrir y qué se espera de él. Los niños no adivinan las reglas: las aprenden cuando se las dices de forma clara y breve, en un momento tranquilo.

Un ejemplo en el supermercado. Antes de entrar, dile: «Vamos a comprar cinco cosas. Tú me ayudas a buscar la leche y el pan. Si pides algo que no está en la lista, te voy a decir que no, y lo podemos anotar para otro día». Al salir, si lo cumplió, díselo: «Me ayudaste mucho y no pediste nada extra. ¡Qué buena compra hicimos juntos!».

Clave 4: crea rutinas predecibles

Las rutinas reducen las discusiones porque la regla deja de ser «lo que diga mamá hoy» y pasa a ser «lo que hacemos siempre». Ayudan sobre todo en los momentos difíciles del día: la mañana antes de la escuela, la tarea y la hora de dormir.

Para los más pequeños, una lista con dibujos ayuda mucho: baño, pijama, dientes, cuento y luz apagada. Con niños mayores, acuerden juntos un horario para la tarea y las pantallas. Si la rutina se cumple, reconócelo; si un día se rompe, retómala al siguiente sin dramatizar.

Clave 5: pon límites claros y aplica consecuencias con calma

Querer a tu hijo también es ponerle límites. Funcionan mejor cuando son pocos, se dicen en positivo («caminamos dentro de la casa» en lugar de «no corras») y se aplican igual cada vez.

Cuando haga falta una consecuencia, que sea breve, relacionada con lo que pasó y dicha sin gritos: si lanza un juguete, ese juguete descansa un rato. Evita las amenazas que no vas a cumplir, porque enseñan que tus palabras no cuentan. Y evita los golpes y las humillaciones: la Academia Estadounidense de Pediatría (AAP) aconseja no dar nalgadas (azotes) ni pegar, porque suelen aumentar la agresividad y no funcionan bien para corregir la conducta, y advierte que lo mismo pasa con los gritos y con avergonzar al niño.

Clave 6: escoge tus batallas

No todo merece la misma energía. Separa tres tipos de situaciones: la seguridad (el cinturón de seguridad, cruzar la calle de la mano, no pegar), que no se negocia; las normas de la casa (la tarea, los horarios), en las que conviene ser constante; y los gustos personales (la ropa, el peinado), en los que puedes ceder sin problema.

Dar opciones dentro de un límite también ayuda: «¿Te bañas antes o después de cenar?». Tu hijo siente que decide algo, y el baño ocurre igual.

Clave 7: sé el ejemplo que quieres ver

Los hijos aprenden más de lo que haces que de lo que dices. Si les pides que dejen el teléfono durante la cena, ayuda mucho que tú también lo hagas. Si quieres que hablen sin gritar, tu tono es el primer modelo.

Y cuando te equivoques, repara: «Antes te grité y no estuvo bien. Me faltó paciencia. Vamos a intentarlo otra vez». Pedir perdón no te quita autoridad; le enseña a tu hijo cómo se arregla un error.

Clave 8: cuídate para poder cuidar

Es muy difícil tener paciencia si duermes poco, no tienes apoyo o llevas semanas con la sensación de no poder más. Cuidarte no es egoísmo: es parte de la crianza. Pide ayuda a tu pareja, a la familia o a otras madres y padres, y date pequeñas pausas. Si sientes que vas a explotar, aléjate un momento, siempre que tu hijo esté seguro, y vuelve cuando te sientas con más calma.

¿Y si mi hijo ya es adolescente?

Las mismas claves sirven, pero cambian de forma. Con un adolescente, la conexión suele llegar en momentos sin presión, como un trayecto juntos, cocinando o viendo una serie, más que en conversaciones cara a cara.

Los límites funcionan mejor si los acuerdan juntos y van unidos a privilegios concretos, como el uso del teléfono o las salidas. Escucharlo sin interrumpir y sin sermonear, aunque no estés de acuerdo, mantiene abierta la puerta para que te cuente lo importante.

Aprender a ser mejor padre también se entrena

Ninguna de estas claves funciona a la primera ni de forma perfecta. Se parecen más a aprender a nadar: al principio piensas cada movimiento y, con práctica, sale solo.

Si quieres un paso a paso guiado, en The RBT Corner tenemos el «Entrenamiento para familias y cuidadores», un curso para padres online en español impartido por la profesora Grether L. Ochoa La O, BCBA. Son clases grabadas con estrategias basadas en el análisis de conducta aplicado (ABA) para berrinches, desobediencia, rutinas, comunicación, adolescentes que no escuchan y cómo apoyar la terapia de tu hijo. Lo puedes ver desde cualquier país, a tu ritmo y con un solo pago.

Preguntas frecuentes

¿Qué hace a un buen padre o a una buena madre?

Más que la perfección, cuentan los hábitos: dar atención y cariño, elogiar lo que tu hijo hace bien, explicar qué esperas, mantener rutinas, poner límites con calma y reparar cuando te equivocas.

¿Es normal sentir que soy una mala madre o un mal padre?

Sí, es muy común, sobre todo en etapas de cansancio o con muchos conflictos en casa. Suele ser señal de que te importa hacerlo bien. Si la culpa o la tristeza no se van y afectan tu día a día, habla con un profesional de la salud.

¿Gritarle a mi hijo me convierte en un mal padre?

No. Un grito no define tu crianza. Lo importante es que no sea tu forma habitual de corregir, que repares después y que busques alternativas, como avisar una vez con calma y cumplir lo que dijiste.

¿Hay cursos para aprender a ser mejor padre online?

Sí. Existen cursos y escuelas para padres en línea. En The RBT Corner, el «Entrenamiento para familias y cuidadores» es un curso grabado, en español y basado en ABA, que puedes ver desde cualquier país y a tu ritmo.

Fuentes

Esta guía es informativa y no sustituye la evaluación de un pediatra, psicólogo o analista de conducta. Si te preocupa el desarrollo o la seguridad de tu hijo, consulta a un profesional.